La roca y el deseo, una historia

La roca y el deseo, una historia

Yo hice algo más que pedir un deseo a un diente de león, más que hacer un amarré o darle agua de calzón a alguien. Yo rompí una roca y pedí un deseo.

Todo comenzó con una roca, pequeña y redonda, una esfera casi perfecta que poseía tantas rugosidades puntiagudas que resultaba muy difícil tenerla entre mis manos. Gris. Gris. Gris. Una roca común y corriente, o quizá no. «Tiene cuarzo en el interior», aventuró el vendedor con ese acento de quien no habla el idioma, «es la piedra del amor». Recuerdo haber levantado la mirada de esa roca que se había acomodado en la palma de mi mano, el entrecejo fruncido. ¿Me creía una niña? No creo, el hombre lucía muy seguro de sí mismo, los ojos destellaban con esa emoción de quien ha hallado lo sorprendente, una solución para todos los problemas… amorosos, supuse yo. Un fanático.

«La colocas en la máquina», indicó el hombre simulando meter una roca entre las tenazas de metal, «la sostienes a los lados. Así, la llenarás de tu energía y…»

Clack. Fue el sonido de una segunda máquina de metal. Alguien había pagado $150 por una roca que, en definitiva, no le resolvería sus problemas amorosos; pero adornaría la sala de su casa, porque sí, esa roca era bella. En el interior había cientos de pequeños minerales en toda una gama de morados, lilas, púrpuras. Asombroso. Entonces, comprar una roca no pareció ser una locura.

 «¿Cómo sé que todas tienen cuarzo?»

Prueba gráfica de la existencia de la roca, no de la historia.
Prueba gráfica de la existencia de la roca, no de la historia.

Respondiera lo que respondiera, sería y fue un acto de fe. Pronto sonaría el clack de mi roca rompiéndose no-exactamente por la mitad, lo supe en cuanto volví a mirarla. Justo antes del clack cuestionaría las palabras del hombre, cuestionaría la chispa en sus ojos y el poder de una roca, una simple roca con un interior tan extraordinario como el hecho de que tuviese cualquier tipo de poder sobrenatural. Cuestionaría todas y cada una de sus palabras, hasta terminar en la palabra más grande de todas: amor.

«¿Qué pasaría sí…?», dejé que la infinidad completara la pregunta.

Hubo una fracción de segundo entre el creer y no creer, una fracción de segundo entre que se partiera la roca y el polvillo cayera entre mis palmas. Un pensamiento fugaz. Entonces, la roca se separó… y me quedé con dos corazones idénticos y una pregunta.

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