El Hobbit de J.R.R. Tolkien

El Hobbit de J.R.R. Tolkien

La magia de “El Hobbit” estuvo en esa primera línea que me transportó de inmediato a un universo desconocido, fantástico. Dejé de estar en Mérida y, de repente, estaba frente a la puerta de la casa de un Hobbit. Entonces, sonreí. Cuando aparece la sonrisa, cuando el corazón brinca reconfortado, ese es el libro correcto. Es el preludio de una lectura que llegó en el día y la hora adecuado, que me atrapó siendo la Olivia correcta. Y no es que exista una Olivia incorrecta, sino una Olivia que no ha llegado al punto correcto de su vida y estado emocional para apreciar un libro.

Ilustración de "El Hobbit" | Fuente: My Modern Met
Ilustración de “El Hobbit” | Fuente: My Modern Met

“El Hobbit” de J.R.R. Tolkien es ese libro que todo ávido lector de Fantasía debe leer en algún punto de su vida, o al menos así me lo han vendido toda la vida. Sin embargo, me atrevo a decir que Tolkien tiene sus complicaciones. En específico, una forma peculiar de escribir que convierte a “El Hobbit” en más que una aventura: un reto. Si no eres como yo, amante de las densas descripciones, puede convertirse en un libro tedioso, sumamente pesado.

El libro narra, con lujo de detalle, la extraordinaria aventura del joven Bilbo Bolsón, quien es convencido por trece enanos y Gandalf de poseer el espíritu aventurero para reclamar un tesoro perdido que se encuentra en el interior de una lejana montaña. Por si fuera poco, aquella montaña es custodiada por Smaug, un malvado dragón que es conocido por toda la destrucción que causó en el pasado.

“There is nothing like looking, if you want to find something. You certainly usually find something, if you look, but it is not always quite the something you were after.”

J.R.R. Tolkien.

A lo largo de poco más de doscientas cincuenta páginas se encierra la aventura más grande que he leído. Sí, un puñado de hojas para narrar todas las peripecias con presencia de criaturas de todos los colores y sabores, y nombres rarísimos. ¿Y la ambientación? Como he mencionado, es un libro con una alta densidad de párrafos descriptivos. Todo eso apoya a la construcción de un ambiente vívido. Sería mentira decir que en “El Hobbit” no te puedes imaginar las cosas, porque el olor de la comida o la pestilencia de las criaturas te llega a la nariz, así como se escuchan las distintas tonadas que encontramos en el libro.

Es un libro muy cálido —como el hogar de un Hobbit— que te abraza y te lleva por todos sus rincones. Permite que vivas una buena aventura, porque al final de cuentas eso es: una magnífica aventura.

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